POÉTICAS DE LA RUINA
POÉTICAS DE LA RUINA
Quizás haya épocas en las que no necesitamos tanto profundizar en qué es el arte, como pensar las formas en las que el hecho artístico nos interroga y nos interpela sobre nuestra condición contemporánea de sujetos frágiles y vulnerables, sujetos de un tiempo finito. Tal vez sea porque, como afirma Didi-Huberman, en nuestro tiempo los objetos y las imágenes tienen más memoria y más futuro que nosotros. Y tendremos que reconocer que cualquier imagen nos sobrevivirá: “ante ella somos el elemento frágil, el elemento de paso, y ante nosotros ella es el elemento del futuro, el elemento de la duración.” [1]
Bajo el título Poéticas de la ruina la artista Miriam Martínez Abellán reúne en esta exposición un conjunto de obras que exploran el concepto de ruina como el lugar desde el que interpretar y construir la memoria del presente. En su universo plástico, Martínez Abellán utiliza el fotomontaje y el collage, el assemblage, la instalación y el objeto intervenido, con una mirada conceptual y comprometida, utilizando imágenes antiguas, fotografías, postales, libros o revistas, objetos y materiales de diversas texturas para traer el pasado al presente y reinterpretarlo. Este universo de producción material y reutilización de imágenes y objetos cotidianos va más allá de ser una apuesta metodológica consciente, más allá del reciclaje y la reinterpretación, para explorar el proceso y comprobar cómo estas piezas-ruinas alcanzan a resignificar culturalmente nuestro propio tiempo. Decía Walter Benjamin en La obra de los pasajes[2] que para pensar el propio tiempo hay que olvidarse de las verdades eternas y de los sistemas teóricos, pues el concepto de verdad puede estar contenido en un objeto, en una ruina, en un instante de revelación. En este ejercicio de pensar el objeto como un momento dialéctico de revelación y verdad sobre el propio tiempo, consiste el proceso artístico que Miriam Martínez pone en marcha en Poéticas de la ruina, trabajando el papel, material protagonista de este relato, que la artista nos lanza, a veces triturado, otras arrugado o combinado como metáfora de esa ruina- frágil que es la condición humana ante el paso del tiempo. Piezas como La fragilidad del tiempo, un cubo de metacrilato lleno de papeles triturados que es resultado de la aceleración de todos los procesos de la vida del sujeto contemporáneo. O la pieza Dialécticas del progreso compuesta de hormas de zapatos que nos recuerdan nuestra condición nómada y finita, recuperada de nuevo en la propuesta de Cuestión de lugar I y II; una mirada no totalizadora sobre el mundo que interpretamos y expresamos a través de las imágenes. Martínez Abellán hace un guiño a su formación como pianista en la pieza titulada La Mudanza, que sorprende al espectador, un inmenso piano de cola desequilibra el espacio al desprenderse de la cuerda que lo sostiene, se trata de una potente metáfora sobre la nomadización del sujeto contemporáneo, sobre el difícil equilibro de encontrar un lugar sólido en el que enraizarse. Esto mismo plantea en la instalación Brozas donde encontramos escombros ocupando ocho baldes de metal.
En la mirada comprometida de la artista se descubre su interés por analizar los estereotipos y roles de las mujeres en nuestro tiempo, tema transversal a toda la exposición, planteado en la serie de obras tituladas Perfiles y apariencias, o el díptico, Modos de habitar, maneras de sentir. En todas ellas reflexiona sobre el papel de las mujeres, la importancia del lugar -de la división de espacios privado y público- en la dificultad de llegar a ser mujer (Simone de Beauvoir) y en cómo el espacio de lo doméstico y de las tareas de reproducción y cuidado ha marcado la historia de las mujeres.
Bajo el título Fabulas de lo domestico, la artista presenta un conjunto de doce piezas que resignifican el espacio doméstico, el lugar tradicional donde las mujeres han interpretado el rol de la feminidad, el trabajo de la reproducción y de los cuidados.
El material son imágenes antiguas, fotografías, patrones de moda de los años 50, con los que compondrá una topología del trabajo doméstico. Este universo de creación artística y poética que recupera imágenes y objetos que han atravesado otros usos y tiempos, son portadores de memoria, capaces de activar nuevas narrativas para resignificar el rol de la feminidad y explorar las ambivalencias que estructuran la relación entre sexos en nuestras sociedades, las tensiones de la vida doméstica con sus ritmos y sus rutinas, la distribución de los roles y la desigualdad que conlleva, en definitiva, para reflexionar sobre los rígidos patrones que esta mística de los cuidados impone a la vida de las mujeres.
El llegar a ser mujer es un destino -que diría Beauvoir-, una trama que, hilo a hilo, va trazando la vida de las mujeres sobre la fija urdimbre del patriarcado. Descoser el destino del rol de la domesticidad y cuestionarlo es la apuesta de estas piezas que presenta Martínez Abellán.
En las mesas-vitrina, la artista nos muestra su cuaderno de campo, como una antropóloga y deja entrever cómo funciona el proceso de trabajo creativo: cajas de fotografías familiares, recortes de revistas antiguas, muñecas, patrones, objetos encontrados sobre los que resignificar y reflexionar…, objetos que devendrán las metáforas que darán forma al relato, la materia del universo creativo que alimenta el impulso de ficción. El arte, como bien vio Nietzsche, es un juego de metáforas, busca la verdad a través de la ficción, crea con voluntad de ficción. No hay nada más extra-moral que el hecho artístico, por ello debería emocionarnos siempre, aunque fuese solo porque nos libera de la responsabilidad ética y cognoscitiva que conlleva la voluntad de verdad. En lugar de la hermenéutica, dice Susan Sontag en Contra la interpretación[3] (1964), necesitamos una erótica del arte, necesitamos que el arte vuelva a emocionarnos. En Poéticas de la ruina esta afirmación vuelve al primer nivel de realidad.
En las fragilidades, las arrugas y las superficies de cada una de las obras expuestas está la belleza de lo no dogmático. Necesitamos ver más, oír más y sentir más para volver a mirar el objeto como lo que es, una forma que emociona.
Las imágenes nos sobrevivirán, son -como afirma Didi-Huberman- el elemento duradero. Este planteamiento místico de papeles arrugados de revistas de la II Guerra Mundial y publicidad de la época, nos interroga de nuevo sobre la contradicción entre el tiempo histórico de la ruina y la finitud y la fragilidad humanas. Sostiene Marina Garcés[4] que, ante un tiempo de incertidumbre, dominado por el colapso y los escenarios de no-futuro, el sujeto contemporáneo vulnerable y finito, cada vez tiene más difícil entrar en la historia y actuar sobre el propio tiempo. Tal vez, la condición finita y frágil de estas bolas de papel lanzadas y suspendidas, sea la promesa que nos permita reducir la distancia entre la evidencia del presente vacío y la dificultad de pensar futuros posibles.
1 Georges Didi-Huberman (2011). Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes. Buenos Aires, Ed. Adriana Hidalgo
2 Walter Benjamin La obra de los pasajes (2005). Madrid, Ediciones Akal.
3 Susan Sontag (1996). Contra la interpretación. Madrid, Alfaguara.
4 Marina Garcés (2023). El tiempo de la promesa. Barcelona, Anagrama
Cristina Guirao Mirón
Profesora titular en la Universidad de Murcia y doctora en sociología por la Universidad de Alicante. Escritora e investigadora sobre el pensamiento contemporáneo.